Se puede denunciar en muchos de sus aspectos la reforma actual del sistema escolar, pero una de sus consecuencias es que pone en el primer plano el debate entre Historia y Memoria. Desde luego, la una no va sin la otra. Pero la inflación de leyes de Memoria y el frenesí conmemorativo en la enseñanza, en Francia, se hacen hoy en contra de la Historia, deformando o destruyendo sus perspectivas. Tanto el discurso dominante como los programas de historia halagan hoy en día a supuestas comunidades elegidas como víctimas perfectamente edificantes según el criterio de la compasión. Se pretende aliviar los espíritus de minorías por el arrepentimiento de todos, pues al contrario se despiertan conflictos entre memorias y se incrementa el riesgo de verdaderas confrontaciones comunitarias.
Hace ya treinta años, Pierre Nora había mostrado las oposiciones entre Memoria, que “inscribe el recuerdo en lo sagrado” y “brota de un grupo fortaleciéndolo” e Historia, siempre critica, que “pertenece a todos y a nadie, por lo tanto tiene vocación al universal (1).” Si la cultura de algunas memorias particulares hoy se transforma en doctrina oficial ¿podemos por lo tanto concluir que los golpes dados al trabajo histórico implican la muerte de esta “novela nacional” que representa la historia? Pierre Nora lo afirma en una entrevista reciente (2), ofreciendo explicaciones que me parecen cuestionables. Para él, la “novela nacional […] se murió, y todas las plegarias del mundo no  la resucitarán”. Esta novela nacional se habría acabado con la victoria de 1918 ya que desde entonces, “la historia de Francia conoció numerosas derrotas militares, reducción de influencia a través del mundo, un desempleo creciente, un futuro oscuro”.
¡A las supuestas plegarias les corresponde un Réquiem bien extraño! No, los dramas y las tragedias que obscurecen  nuestro tiempo no son etapas de una decadencia que nos hubiera despedido de la historia desde casi un siglo. El Frente Popular, la Francia libre, la Liberación, la construcción de un nuevo modelo económico y social, la descolonización, la Constitución del 1958 y su tradición diplomática nacida bajo de Gaulle, la participación de Francia en la reorganización (fracasada) de Europa después de la caída de la Cortina de Hierro, todo esto forma parte de un relato nacional diversamente interpretado pero siempre en continuidad  con una aventura nacional milenaria.
¿Cómo puede Pierre Nora afirmar que “el final de la guerra de Argelia puso un término a la posición mundial de nuestro país”? Si se puede concluir, al contrario, que el final de la descolonización permitió una reafirmación del papel y de la importancia de Francia en el mundo.
¿Cómo puede Pierre Nora decir que “Francia era un país vinculado a su soberanía” pero que “estalló desde unos treinta años, yendo parte hacia arriba [el conjunto europeo] y parte hacia abajo [la descentralización]”? ¿Habrá olvidado el referéndum de 2005, expresión clara de la voluntad de defender la soberanía nacional?
¿Cómo puede Pierre Nora no mencionar uno de los elementos principales de la historia europea de los últimos treinta años: la surgencia inmediata, al acabarse la soberanía soviética, de la reafirmación de las naciones e historias nacionales de Polonia, Serbia, Rusia, y cuantas otras? Apostamos sin riesgo que el mercado mundializado y el yugo de la moneda única no podrán tener más éxito que los totalitarismos y los imperialismos del pasado: al contrario, las naciones sometidas pueden liberarse hoy más fácilmente que cuando los países aguantaban la presencia de tropas extranjeras en sus territorios.
No podemos ser historiadores del momento presente. Pierre Nora anuncia que Francia salió de la historia, pues es ésta la opinión de un ciudadano sobre un posible no-futuro. Ante este riesgo, al cual Francia se enfrenta desde hace mil años, abogo por la toma en consideración de dos factores. El primero es obvio en sus manifestaciones: es la reaparición de la historia europea que va a exigir cada vez más el despertar de una Francia hoy afectada de inercia. El segundo viene en eco del primero: es el deseo de recoger nuestra libertad de acción política, inscribiéndose en una historia nacional que sigue estudiada y vivida con pasión por los Franceses. Por más que una clase dirigente a-nacional y apolítica quiera imponer sus clichés de memoria y sus programas de enseñanza, queda irrelevante considerar como perdido un partido que ni siquiera esta jugado. Al contrario, la ruptura entre la clase político-mediática y el pueblo es un hecho demostrado cuyas consecuencias revolucionarias se sacarán tarde o temprano.
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Pierre Nora, “Entre Mémoire et Histoire (entre memoria e historia)”, en  Les lieux de Mémoire (Los lugares de memoria), volumen 1,  la République, Gallimard, 1984.
2)  Le Figaro, 26 de Mayo, 2015.