La emoción, la compasión y las reacciones xenófobas, tanto como el flujo de imágenes por televisión y los sondeos erráticos que influyen sobre la “comunicación” de las gobernanzas de la Unión Europea no llevan sino a una única certeza: la llegada masiva de migrantes en el Oeste europeo es, hoy en día, un problema sin solución política alguna. La crisis migratoria es uno de los resultados trágicos de las decisiones desastrosas tomadas desde un cuarto de siglo por las élites de lo que llamamos el Occidente.
Podemos citar la estrategia imbécil de EEUU en Afganistán y Medio Oriente que lanzó en los caminos del exilio a los hombres, las mujeres y los niños cuya custodia Washington deja ahora a los Estados y a los pueblos europeos, a Jordania y al Líbano; la operación libia llevada por los Gobiernos francés, inglés y americano que causó en esta parte de África un caos propicio a todas las emigraciones; la venganza contra Bachar El Assad  así como  la complacencia altamente sospechosa hacía Arabia Saudí y Qatar, dos agentes de la subversión islamista que causó el éxodo de los Sirios.
Son las matrices del ultraliberalismo – el FMI, la OMC, la Comisión Europea – que causan la desindustrialización, el desempleo y la miseria en Croacia, Serbia, Bosnia-Herzegovina, en Kosovo: en estos países con futuro devastado y sometidos a la corrupción, decenas de millares de personas se añaden al flujo de los que emigran debido a la salvajada económica.
La misma Unión Europea se revela incapaz de manejar una crisis que se negó a ver y que no supo anticipar: porque hace mucho tiempo que Bulgaria, Italia del Sur y Grecia se enfrentan a la llegada intempestiva de distintas categorías de migrantes sin que en Bruselas se haya concebido y menos aplicado cualquier política de asistencia y control para los que llegan en masa. En las islas griegas del Egeo oriental, la Unión Europea dejó crecer una situación insoportable, tanto para los emigrantes víctimas de la guerra como para los Griegos víctimas del euro.

Ya se pone en evidencia  otro aspecto del surrealismo europeísta. Concebido para los períodos de páz, el sistema de Schengen se descompone según una lógica obvia y bastante banal: en período de crisis, los Estados defienden sus intereses nacionales y sus equilibrios internos. Alabado durante unos días por su humanismo -mientras preparaba la expulsión de 75.000 balcánicos- el Gobierno alemán encuentra o consolida prácticas muy antiguas: administrando las existencias y los flujos de migrantes según las necesidades de su industria y su demografía, y deshaciéndose de los excedentes vertiéndolos sobre sus vecinos. Alemania decidió ayer la suerte de Grecia, hoy decide la de Schengen.
La gobernanza francesa se alineará sobre el reglamento migratorio alemán como se inclinó frente al dogmatismo monetario y presupuestario alemán, e intentará organizar una recepción económica y socialmente muy difícil de los refugiados debido a la desindustrialización y el desempleo en el país, los cuales se deben en gran parte al euro. Se pintará todo esto de humanitario, mientras que los xenófobos multiplicarán las promesas absurdas de volver a la situación anterior con la ilusión de sacar de ellas fuertes dividendos electorales.
Para salir de estos callejones sin salida, haría falta vincular la fuerza de los principios y la dinámica de las revoluciones indispensables.
En cuanto a los principios, el papa Francisco y el gran rabino de Francia recordaron que la recepción del extranjero hace parte de los fundamentos de nuestra civilización. No se puede militar para la “defensa de los Valores” y descuidar este recordatorio en fase con los preceptos del universalismo laico.
Si ahora se rechaza toda teología y toda filosofía para limitarse al “realismo”, es preciso hacer entrar al Estado de Derecho en esta realidad. Inscrito en el Preámbulo de 1946, el derecho de asilo es imprescriptible y Francia firmó el Convenio de 1951 relativo al estatuto de los refugiados. Toda política xenófoba resulta legalmente imposible y no sería sino una práctica fuera de la ley.
Francia podría contribuir a solucionar la crisis migratoria si se decidiera a llevar una ambición revolucionaria: hacer alianza con Rusia y cooperando con Irán para combatir militarmente “el Estado islámico” e intimidar sus apoyos saudíes y qataris; salir del euro para recoger los medios de una política nacional de desarrollo; reorganizar  la Europa continental, poner en obra un plan general para el codesarrollo del Magreb, del África subsahariano, de los Balcanes, del Oriente Próximo y de Asia Central.
¿Quién dará fuerza y coherencia a lo que ya somos numerosos en contemplar?
***
Editorial del número 1084 de Royaliste (Sept. 2015)