19 Mayo de 2015

No sirve de nada disparar contra Najat Vallaud-Belkacem que, como sus antecesores, es una buoya llevada por las corrientes. Un Ministro de Educación nacional hoy en día, es alguien que aguanta las presiones de los sindicatos, de las asociaciones de padres, de los representantes de la industria turística, y que tiene que adaptarse a las principales tendencias de su administración y a la ideología dominante. Redactados por el gabinete del Ministro, los discursos sobre la Escuela, la Igualdad y la República no cambian nada en el fondo del asunto : “administrar” grupos de presión, no tiene nada que ver con determinar una política.

Pues la cuestión de la Educación pública es esencialmente de tipo político, por lo tanto queda ajena a un sistema que no para de reformarse. Hace algunos años se trataba de organizar la instrucción pública mientras que las familias se encargaban espontáneamente de las tareas educativas; esto se acabó y hoy en día muchos padres se descargan de estas mismas tareas sobre la Escuela. Considerados con un gran respeto en otros tiempos, maestros y profesores tienen ahora que hacer su oficio en un ambiente caracterizado por la desconfianza o la denuncia de la autoridad, por la apología de la individualidad y por la preferencia por los recursos puestos a disposición por el Internet.

Sometidos a la lógica deflacionista del ultraliberalismo, los establecimientos escolares desempeñan un papel creciente en la asistencia social a los niños de familias en desamparo. Causada por las prácticas de la oligarquía, la ilegitimidad creciente de las instituciones políticas les deja impotentes ante la crisis de la institución familiar y de la institución escolar.

Que sean de derecha o de izquierda, los Gobiernos intentan disfrazar esta impotencia con un frenesí de reformas. Todas van en el mismo sentido y llegan al mismo fracaso debido a un error manifiesto: se quiere reformar el sistema educativo mientras que las soluciones al problema son exteriores al sistema. Con una obstinación imbécil, los dueños del poder político se someten a los profesionales de la pedagogía, que forman un medio tanto opaco como todo-potente usando un discurso seudocientífico emitido en un lenguaje incomprensible.

De por debajo de las preciosidades ridículas del pedagogismo, suben fragmentos de ideología, analizados y denunciados desde hace varias décadas. Se trata de sustituir las competencias al conocimientos, la interdisciplinaridad a las enseñanzas específicas, la espontaneidad creativa del alumno a la transmisión por aprendisaje, y de luchar contra el aburrimiento del alumno por la individualización de los recorridos… Se declara, por supuesto, que el objetivo de la reforma en curso – las de 1989, de 1999, de 2005, de 2015 ya lo proclamaban – es la lucha contra la desigualdad por la toma en consideración prioritaria del los más débiles.

¡Tonterías! Ya no se trata de favorecer la promoción social sino de garantizar la  adaptabilidad de los futuros productores – intermitentes – y consumidores a las normas del mercado mundializado y la comunicación numérica. Fomentado por una oligarquía que sólo siente indiferencia o menosprecio para la historia nacional y la literatura francesa, el utilitarismo se constituyó como regla de hierro – una regla que los reformadores imponen, repitiendo complacientemente la vieja canción del griego y el latín que no sirven a nada y de los viejos autores que entorpecen el espíritu. Los programas de historia recientemente presentados ponen de manifiesto que los pedagogos tienen la intención de curar supuestos traumatismos comunitarios concediendo a la clientela escolar inmigrada o resultante de la inmigración una enseñanza sobre el islam, la esclavitud y la colonización (1). Se quiere comprar la paz social por pequeños gestos “memoriales” pero no se hace más que expresar la indiferencia y el menosprecio de la élite para los alumnos y sus maestros. La clase dirigente considera sin reconocerlo, al menos en público, que los ejecutantes no tienen necesidad de mucho conocimiento. ¡Qué importa! Si ellos colocan a sus propios niños en establecimientos elitistas, que sean públicos o privados, para que preparen estos concursos que seleccionan a los mejores estudiantes en Francia,  con la mayor probabilidad de éxito.

La escuela de los “Treinta gloriosos” (1950-1980) que guardamos en memoria, por cierto tenía sus defectos; pero su denuncia por la ultraizquierda, y luego su destrucción por los liberales de izquierda y derecha provocan un aumento considerable de las desigualdades. Hará falta una revolución política para cambiar el curso de las cosas.

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(1) Nada realmente nuevo: en los años sesenta, los manuales de historia para clases terminales daban sólidos conocimientos sobre las grandes civilizaciones y las religiones.